En vida fue de todo un poco o de todo bastante: seminarista, aviador comercial, guionista de films publicitarios y de largometrajes, vendedor callejero de libros, militante, vagabundo, náufrago, profesor en escuelas secundarias. De cada uno de esos oficios terrestres, aéreos o acuáticos, algo le quedó en las ganas, en la mirada, en las manos, y dejó huellas profundas en su escritura.
Por sobre todo, Haroldo Conti fue escritor y periodista. Y en esa práctica condensó los mejores rasgos de una serie de influencias operantes en los años cincuenta, sesenta y setenta: la narrativa norteamericana de la generación de Hemingway, Fitzgerald, Steinbeck, Caldwell, Faulkner; el cine italiano neorrealista y escritores como Cesare Pavese y Elio Vittorini, vinculados a la resistencia contra el nazi-fascismo; los jóvenes iracundos ingleses; el existencialismo y su impronta de compromiso político; el nuevo periodismo; la enseñanza del cubano Miguel Barnet, que demostró con Cimarrón que el montaje de un testimonio y la construcción de una historia de vida pueden ser muy buena literatura; el catolicismo que optó por los pobres; el guevarismo.
Pero si lo recordamos es porque aun siendo un hombre paradigmático de su época, trascendió las marcas, los mandatos y los equívocos de esa época de la cual participó tan apasionadamente. Aunque a veces él mismo dudara, aunque tanteara, aunque emborronara y rompiera papel tras papel. Amores, política, periodismo y literatura, se entrelazan de manera inescindible en Conti. Los andariegos, los sin hogar, los que tienen sed de ternura y nostalgia de infinito, los que no se resignan a las derrotas que la sociedad les destina, son personajes privilegiados por su ficción. Su escritura es vida, su vida una escritura, un borrador. Y todo, un río de historias que pasa. Un río por el que boyan, derivan o navegan, sueños, hambre, sed.
Haroldo Conti anduvo en vida y obra por los Bajos del Temor, en el Río de La Plata, el territorio donde transcurre la novela Sudeste, que nació como guión de cine; por el Delta, donde transcurre Todos los veranos; por las orillas olvidadas de Buenos Aires, el lugar de Alrededor de la jaula; la Isla Paulino, en las cercanías de Berisso, a la cual le dedicó un texto memorable aparecido en Crisis, su puesto por excelencia de intervención periodística. Pero nada le gustaba tanto como agarrar el auto y rumbear para Chacabuco, donde nació el 25 de mayo de 1925. Un territorio perfectamente reconocible y también una zona del alma. Esas escapadas tienen su correlato en los cuentos incluidos en La balada del álamo Carolina. Nadie puso en palabras como él en esos textos, la pampa gringa, no la de los terratenientes que acapararon las tierras despojadas a los aborígenes, si no la de los inmigrantes pobres. Nadie como él supo hacer vivir en su escritura al río, a las islas, a las marejadas, a los vientos y a los hombres del río.
Es una tentación encuadrar el devenir político de Haroldo Conti entre dos hitos: el envío de una novela al certamen convocado por la revista Life, y el orgulloso rechazo, políticamente muy bien fundamentado, a una beca ofrecida por la fundación Guggenheim. Sin embargo, la política atraviesa toda la escritura de Conti y nunca es tan profunda como cuando parece ausente, cuando no es del todo explícita.
Por su adscripción al Partido Revolucionario de los Trabajadores, con particular actividad en el Frente Anti-imperialista por el Socialismo, por su trabajo en la revista Crisis y en diversos congresos literarios en los que denunció la violencia dirigida a mantener privilegios, fue secuestrado de su casa por un grupo de tareas de la dictadura. Fue el 5 de mayo de 1976. Y desde entonces su familia y sus amigos lo buscan. Preguntaron a funcionarios, a militares, a dirigentes de la iglesia católica. Presentaron habeas corpus ante la justicia. Haroldo Conti es uno de los 30.000 detenidos, desaparecidos y asesinados por esa dictadura. Esa búsqueda obstinada que comenzaron los más cercanos a él, se transformó en una búsqueda colectiva que tratando de reconocer sus huellas en cada lugar que frecuentó y en cada una de sus páginas, se está preguntando acerca de quiénes somos y adónde queremos ir. Esta muestra es parte de la búsqueda, de los interrogantes y de la construcción de respuestas.

 

Agradecemos a la familia de Haroldo Conti, especialmente a sus hijos Marcelo y Alejandra, haber acercado fotos, documentos personales, escritos literarios y periodísticos de su padre a la Comisión Provincial por la Memoria.