La Guerra de Malvinas

Cruces, idas y vueltas de Malvinas

 

Fotos del libro compilado por Federico Lorenz y María Laura Guembe

¿Por qué necesitamos más fotos sobre Malvinas? Porque no vimos lo que los soldados vieron, acaso la última imagen atesorada por las retinas antes de la muerte. Vimos, sobre todo, fotografías de propaganda en un contexto de severa censura.

No conocimos las fotos que ellos quisieron traer. No muchos tenían cámaras fotográficas, en algunas ocasiones ni siquiera se las permitían, pero quienes pudieron registraron de algún modo su paso por la guerra. Les pidieron a los fotógrafos regimentales que les sacaran fotos para enviarlas a casa. Un compañero afortunado los retrató en los pozos de zorro, en las posiciones, en los cerros desolados donde muchos dejaron la vida y todos sus ilusiones, para construir otras nuevas en el mejor de los casos.

De esa guerra, la guerra cotidiana, sabemos muy poco. Muchas fotos se perdieron para siempre: quemadas, o simplemente ausentes hasta que alguien las encuentre entre los despojos de la batalla. Sin embargo, los que las tomaron recuerdan cada detalle de la imagen, en la punta de un cerro, y vuelven a contarla. Algunas, que se exhiben aquí por primera vez, fueron capturadas por los británicos. Fue una doble derrota: la pérdida de las islas, y la posibilidad de anclarlas en un recuerdo material.
Pero muchas fotos volvieron y, sin embargo, no circularon. ¿Por qué? Responder a esta ausencia es comenzar a respondernos acerca de las formas en las que los argentinos lidiamos con el pasado reciente, el lugar que le damos al recuerdo entendido como un gesto de doloroso respeto, pero también como una forma de asunción de responsabilidades.

María Laura Guembe y Federico Lorenz *

(*) Autores del libro "Cruces", al cual pertenecen todas las fotografías

 

El servicio militar obligatorio se implementó en la Argentina en 1904. Fue un hito importante en la vida de miles de jóvenes varones argentinos: al cumplir 18 años (en algunas épocas, a los 21) eran sorteados para realizar la conscripción en alguna de las tres fuerzas, pero sobre todo en el Ejército. Popularmente conocido como “colimba” (corre-limpia-barre), el servicio militar obligatorio era visto como un proceso bajo el cual los jóvenes “maduraban” gracias a la disciplina castrense, traducido en algunos casos en servidumbres y maltratos recurrentes que algunos episodios de la guerra de 1982 exhibieron en sus más crueles consecuencias. Inicialmente, mediante la implementación del servicio militar obligatorio se buscó dar cohesión a la nueva república, reforzar el papel del Estado e inculcar una serie de valores nacionales y sociales a los jóvenes.

En 1994, en un cuartel de la provincia patagónica de Neuquén, apareció el cadáver del soldado conscripto Omar Carrasco. Las investigaciones posteriores demostraron que había sido dejado agonizante allí luego de una golpiza sufrida a manos de un oficial y algunos de sus compañeros. Este incidente motivó que en junio de ese mismo año, por un decreto presidencial, el servicio militar dejara de ser obligatorio.

 

Un suboficial de la compañía A del Regimiento de Infantería 7, como algunos otros, llevó una cámara a Malvinas, con la que registró la vida cotidiana de sus hombres y oficiales. Cuando se produjo el ataque inglés sobre el Monte Longdon, la cámara quedó abandonada en las posiciones. Actualmente, las fotos saqueadas de los despojos de la batalla están en el Imperial War Museum de Londres. Pablo Báez es el soldado que aparece en primer plano en la foto:

Cuando se produce el primer ataque aéreo a raíz de eso viene la orden para que empecemos a hacer los primeros pozos de zorro, para generar una mayor protección. Entonces esta posición se arma porque en uno de los bombardeos previos... había caído un proyectil acá. Entonces el razonamiento nuestro en ese momento fue "tenemos que tener mucha mala suerte para que caigan dos bombas en ese mismo lugar". Entonces aprovechamos ese pozo y empezamos a cavar para abajo.

Por una cuestión de mantener el cerebro ocupado empezamos a trabajar para generar el mayor confort en el lugar donde no sabíamos cuánto tiempo íbamos a pasar.

Testimonio de Pablo Báez

Muchos de los prisioneros de guerra argentinos regresaron al continente a bordo del Canberra, un crucero de lujo británico:
Cuando salimos a cubierta (...) cuando vimos el azul del mar, fue algo impagable (...) Como si ya se hubiese cumplido todo (...) ¡Volvimos! (...) Una sensación de paz (…) Nada más el viento y el mar (...) Una sensación como de... “Por fin se terminó” (...) Como si te sintieras bien con vos mismo.

Omar Olsiewich, RI 3

 

La rendición ocurrió el 14 de junio de 1982, se había acabado la guerra. Tuvimos un respiro en nuestro terrible suplicio. Esperábamos las noticias de la vuelta de los barcos con nuestros soldados. Pero antes que los barcos vinieron tres militares a mi casa para informarnos que nuestro hijo había fallecido. Era el día miércoles Junio 16 de 1982.

Salvador Vargas, Malvinas. Historias breves y sentimientos.

 

 

Hoy la Patria se yergue sobre el sacrificio de su hijo. De aquí en más, los pliegues celestes y blancos de nuestra bandera, que señala los cielos desde el brazo de sus mástiles, llevará estampada la imagen de su hijo proclamando ante los ojos de la historia, que su rostro resplandecerá para siempre en ella, con el gesto imborrable de los héroes que respondieron al llamado de la Patria.

(Fragmento de la carta enviada por la Armada Argentina a los padres de las víctimas del Crucero ARA General Belgrano, torpedeado y hundido por los británicos el 2 de mayo de 1982 fuera de la zona de exclusión).


¿Alguna vez te preguntaste por qué te salvaste?
Yo sí.
Y hubo veces que no pude
olvidarme
aún después de que la botella cayó vacía. Mientras que
yo
seguía tan sobrio como al recordar
los ojos chinos de
Mario
Descorchando la peor pesadilla.

Carlos Giordano, en Malvinas.


Nosotros –y este nosotros es todo aquel que nunca ha vivido nada semejante a lo padecido por ellos– no entendemos. No nos cabe pensarlo. En verdad no podemos imaginar cómo fue aquello. No podemos imaginar lo espantosa, lo aterradora que es la guerra; y cómo se convierte en normalidad. No podemos entenderlo, no podemos imaginarlo. Es lo que cada soldado, cada periodista, cooperante y observador independiente que ha pasado tiempo bajo el fuego y ha tenido la suerte de eludir la muerte que ha fulminado a otros a su lado, siente con terquedad. Y tiene razón.
Susan Sontag, Ante el dolor de los demás.

 

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