CURATORIAL
La conmemoración de los 50 años del golpe de Estado nos invita a volver a mirar nuestra historia para buscar las marcas y las penas que la dictadura nos dejó, para tirar del hilo de ese tejido roto, que aunque zurcido todavía resiste.
La dictadura militar implementó a fuerza de terror un modelo económico centrado en el negocio financiero. Las relaciones productivas se modificaron a partir de un proceso de desindustrialización y concentración de la riqueza en perjuicio de los sectores trabajadores. A pesar del paso del tiempo, sus efectos perduran.
La política económica y la violencia represiva afectaron no sólo la subjetividad de quienes vivieron la tragedia de manera directa -ex detenidos, hijos y familiares de desaparecidos, exiliados, insiliados- sino que resquebrajó también la trama social.
Las obras que se exponen abren el diálogo y la reflexión sobre esas marcas, hacen posible pensar los modos de ejecución del plan genocida y sus efectos sobre la vida en común: las intervenciones sobre la ciudad, las fábricas, los espacios públicos, los lazos sociales y la construcción de la identidad.
La maquinaria del poder siempre supo que la cultura es una actividad peligrosa que nos reúne, que genera comunidady forja la historia de resistencia de los pueblos. Los regímenes neoliberales buscan aislar, desandar lo común, des-habitar lo público. Fragmentar para desarticular y desarticular para desanimar.
El terrorismo de Estado fue el modo de disciplinar a un pueblo; implicó, entre otras cosas, reducir su campo de pensamiento. Ante el avance de las nuevas derechas, a nivel local e internacional, nuestro compromiso es poner en funcionamiento el engranaje de la imaginación y la memoria. Imaginar colectivamente un futuro deseable, con más derechos, con más memoria y ensayando respuestas a la pregunta de cómo queremos vivir.