– INSTANTÁNEAS –

Jóvenes en escena

Juventudes, participación política y memorias

La juventud esta en el centro donde nace lo nuevo

Walter Benjamin

Metafisica della Gioventù. Scritti 1910-1918, Eínaudi, Turín, 1982, p.108.

Les jóvenes se han hecho visibles de manera notoria en la historia argentina reciente, siendo protagonistas de acontecimientos que nos señalan los nudos a analizar cuando queremos comprender el presente. Como estudiantes secundaries o universitaries, trabajadores, militantes, han estado en el centro de la escena en los momentos más problemáticos de las últimas décadas, y esto no se condice con las múltiples miradas que hoy en día terminan negándoles como personas autónomas y constructoras de sentido propio y legítimo. Desde considerarles desinteresades, inmerses en su propio mundo sin preocuparse por nada ni por nadie, hasta pensarles como producto de una época en la que no se formaron como sujetos capaces de construir lazos solidarios, en todos los casos, al verles como imposibilitades de cualquier tipo de acción, o estigmatizarles, o criminalizarles, o sostener proyectos de ayuda paternalistas, se les niega la posibilidad de saber qué piensan, cómo se definen, cómo actúan, qué proyectos tienen.

¿Qué lugar ocupan les jóvenes en la sociedad? ¿Cómo responden ante las diversas representaciones que se hacen sobre elles? ¿Cuáles son las representaciones que construyen sobre sí mismos y sobre el mundo en el que viven? ¿Cuáles son sus prioridades? Estas son las preguntas que queremos plantear para discutir el presente de les jóvenes, con una serie de recursos que pretendemos sean dispositivos que permitan –además de la contextualización histórica para aprender y relacionar el pasado con nuestros días – visualizar, debatir, poner en duda, las diferentes realidades de les chiques que observan, critican, se contradicen, se organizan, generan nuevos tipos de acción.

Jóvenes que buscan lo realizado por sus pares en otro tiempo, jóvenes que se muestran a sí mismos participando a través de los reclamos y las propuestas, desmintiendo así las narraciones mediáticas y las miradas adultas que a veces parecen convencerles de una incompetencia, casi entendida como natural, para pensar la realidad en la que viven y pensarse a sí mismos. Imágenes elaboradas por elles e imágenes captadas por otres, mostrándoles en plena acción, en situaciones que difieren mucho pero que dan cuenta de su presencia. En una época en la que conviven generaciones que tienen diversas tradiciones y saberes sobre el mundo, es necesario pensar con les jóvenes, saber cuáles son sus  percepciones de esta realidad compleja y cambiante.

– Fotografías –

SOBRE LA FOTO

Buenos Aires, finales de los 60. Las noticias del Mayo Francés bullen en la imaginación de la juventud universitaria. Y en pocos meses se argentinizarán en Córdoba, cuando marchas espontáneas en apoyo a los gremios más combativos copen las calles y marquen así, al margen de conquistas específicas, el principio del fin de la dictadura de Onganía. Enseguida vendrán El Rosariazo y El Viborazo. Estudiantes en las calles, no es la primera vez. Durante el peronismo de los 40, los muchachos de la Fede marchaban seguido, y seguido iban presos. En ese tiempo, decir peronismo y estudiante era enfrentar dos antónimos, términos irreconciliables de una polarización social y política. Luego, en los 60, llega la reconciliación: un revisionismo del siglo XX. Entonces las cargas se invierten: tomar partido por “el hecho maldito de la historia nacional”, como John W. Cooke define al peronismo, será la forma más directa y culturalmente irritativa de cuestionar toda una red de significaciones del quehacer político. En ese contexto, la calle se vuelve fundamental, nuestra ágora de la negación crítica, nuestro teatro de operaciones revolucionarias. Será la calle la que testifique la protesta contra la intervención norteamericana en Centroamérica, poco antes de que una policía militarizada desaloje de las facultades a cientos de estudiantes, en la muy cerrada Noche de los Bastones Largos.

Jóvenes en la calle para expresar una militancia partidaria, pero también para que un cocktail de ideologías le dé sabor a la urbanidad nacional: trotskistas, comunistas, socialistas, maoístas y neo peronistas. Y la figura del Che sobrevolando, con su mística, las manifestaciones callejeras del ser joven. Y el discurso antiimperialista dicho a borbotones, aquí y allá, debajo de banderas y a la vera de las marquesinas de una ciudad caminada y protestada como nunca  antes.

En la foto, los de adelante gritan y los de atrás parecen estar escuchando, pero todos miran en la misma dirección. Aún vestidos de saco y corbata – en los 70 se soltarán las ropas, acaso asimilando, no siempre voluntariamente, el ethos de la cultura joven –, esta gente está desobedeciendo. Allí, en la calle, mientras un colectivo sigue con su rutina.

SOBRE LA FOTO

El 25 de mayo de 1973 asumió la presidencia Héctor Cámpora. Las calles de las principales ciudades de todo el país estuvieron, nuevamente, colmadas de gente. Pero esta vez el signo de las manifestaciones populares fue la alegría. Finalmente se había terminado la autoproclamada Revolución Argentina, la dictadura instaurada a partir del 28 de junio de 1966, y finalmente las luchas populares habían logrado el levantamiento de la proscripción del peronismo, impuesto por la autodenominada Revolución Libertadora, el golpe de Estado que había derrocado a Perón el 16 de septiembre de 1955. Toda una generación, que había crecido en la alternancia de gobiernos militares ilegales y gobiernos civiles de cuestionada legitimidad, irrumpió en la política a lo largo de las décadas del sesenta y principios de la del setenta. La emergencia de la resistencia por las armas a la dictadura fue un signo distintivo de esta forma de participación pero distó del ser el único. Estudiantes secundarios, jóvenes trabajadores, estudiantes universitarios, juventudes de los partidos políticos, jóvenes cristianos, asumían un rol protagónico en la arena política.

A principios de 1973 una etapa parecía quedar atrás y esa generación marcada por la ausencia de una democracia plena en sus primeros pasos en la política, finalmente, votó.

La campaña electoral del FREJULI, es decir la fórmula que ganó las elecciones del 11 de marzo de 1973, fue llevada adelante por los sectores juveniles del peronismo. “Cámpora al gobierno, Perón al Poder”, pintaba la Juventud Peronista por las calles del país. Esos jóvenes, a pesar de la desconfianza en la salida electoral, impusieron consignas, fueron el corazón de  ultitudinarios actos preelectorales e invadieron el espacio público cuando, finalmente, el general Lanusse transmitió el mando a Héctor Cámpora. Una de las consignas que unificó a la mayoría de los distintos agrupamientos políticos fue aquella que sintetizaba ese cambio de etapa tan esperado: “Se van, se van, y nunca volverán”.

Pero los militares volvieron y esos mismos jóvenes serían, principalmente, los blancos de la represión que cerró el corto ciclo democrático abierto aquel 25 de mayo.

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Desde 1955 la sociedad argentina estuvo signada por la violencia política y la proscripción. Un rasgo característico fue la sanción de leyes especiales destinadas a reprimir las diversas formas de oposición política. Desde ese mismo año, algunos estados excepcionales incluyeron la existencia de cárceles especiales o de máxima seguridad, para los saboteadores, los agitadores, los terroristas, los delincuentes “subversivos”. El propio Estado fue definiendo así la figura social del preso político. La consecuencia fue que cantidad de militantes terminaron en prisión.

El 25 de mayo de 1973, día en que asumió Héctor Cámpora como presidente electo democráticamente luego de años de dictadura, columnas de manifestantes exigieron la liberación en las puertas de la cárcel de Villa Devoto de los presos políticos, en su mayoría jóvenes militantes de organizaciones de izquierda. La presión por la libertad se expresaba dentro y fuera del penal. Tras la firma por parte del nuevo presidente de un indulto que otorgaba la amnistía general a todos los presos políticos, éstos fueron liberados. El hecho es conocido como el Devotazo.

Esta fotografía fue tomada dentro de la cárcel, momentos previos a la liberación. La cárcel era un lugar de encierro pero para muchos también constituyó un espacio de encuentro, militancia y resistencia.

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Volver a Malvinas también es visitar por primera vez rincones de la patria aprendida en los mapas, en las escuelas, la patria dada por sentada que se revela incierta y precaria, cuando empezamos a preguntar solo un poco. Una patria poco complaciente, como el viento que mientras esperamos el cruce nos despierta con sus ráfagas heladas, y que va a seguir estando allí cuando la estatua del piloto ni siquiera sea arena, y los campos minados ya no signifiquen una amenaza a nadie.

La sentencia de los patagónicos es verdadera: hubo, del Colorado para abajo, otra guerra. De hecho, dos: una verdadera, la otra no, pero ambas vividas como tales.

Frente a las playas, mientras el mar hace cantar el pedregullo, descubro que la única patria es la memoria.

Federico Lorenz, Fantasmas de Malvinas. Un libro de viajes, Editorial Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2008.

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El rock ha sido desde sus inicios, a finales de los ’50, la música de los jóvenes. Transgresión, rebeldía, autenticidad, fueron los conceptos que lo acompañaron, como sinónimos del rechazo hacia un mundo que ya no había que continuar reproduciendo, y que requería búsquedas hacia nuevas formas de relacionarse. Las generaciones que se sucedieron desde entonces construyen sentido con la música como parte fundamental de su subjetividad.

Hacia fines de la dictadura militar, los recitales se hicieron cada vez más masivos, eran tomados como un territorio libre, una experiencia diferente a todo lo que ocurría en la vida cotidiana. Y no fueron raros los enfrentamientos entre el público y los uniformados, cuya vigilancia ya no era tolerada. Los jóvenes querían ser ciudadanos, dejar atrás el miedo que recluía y negaba la posibilidad de las acciones colectivas y de la política misma. Querían acabar con el gobierno militar y recuperar el espacio civil. “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar” fue la consigna común que formó parte de la liturgia de los recitales antes que de todas las manifestaciones opositoras las corearan. Los jóvenes ocuparon la escena como protagonistas fundamentales de la reconstrucción de un sistema democrático, sus futuros personales los sentían indisolubles del futuro político de un país que pretendían distinto al de la dictadura que los asfixiaba.

En la imagen los jóvenes miran a la cámara sin miedo de mostrarse, están allí y quieren ser vistos. ¿Qué nos quieren decir con sus gestos de rechazo? ¿A quiénes van dirigidos? Tal vez no se trate de una actitud de repudio hacia quien presta su ojo para ponerlos en escena, sino ante todos aquellos que los observen sin estar de acuerdo con su presencia en ese lugar, con la concreción de las reuniones colectivas en las que la juventud podía expresarse. ¿Y su vestimenta? Parece unificarlos en cierta simpleza, sin grandes diferencias además entre chicos y chicas. El fotógrafo nos señala que lo importante, más allá del espectáculo, de lo que suceda arriba del escenario, está allí abajo, en el público, entre los concurrentes. Necesitan sentirse unidos, saber que todos los que están ahí compartían ideas, gustos, sensaciones, que no estaban aislados como intentaba inculcarles el individualismo y la desconfianza hacia los otros aprendidas en el cuerpo social. Los recitales eran espacios de resguardo de la identidad resistente frente a otros denunciados como represores, hipócritas e intolerantes.

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El 21 de septiembre de 1983, día en que se realizaba la III Marcha de la Resistencia en la ciudad de Buenos Aires, aun en plena dictadura militar, un grupo de artistas visuales conformado por Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel realizaron en la Plaza de Mayo una actividad plástico-política que luego se conocería con el nombre de “El Siluetazo”. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se sumaron desde el principio. La propuesta era abierta al público, y en el transcurso del día la gente, entre ellos muchos jóvenes, fue acercándose al taller para participar.

La actividad consistía básicamente en la realización de siluetas de tamaño natural sobre papel; siluetas que en un principio fueron pensadas para plasmarse con diferentes técnicas plásticas así como también con características personales que representaran a cada uno de los treinta mil detenidos desaparecidos. La concurrencia fue masiva, los cuerpos de los mismos asistentes sirvieron para contornear las figuras. Con la participación de la gente aquellas siluetas que pretendían ser en un principio homogéneas comenzaron a enriquecerse, la gente se apropió espontáneamente de ellas y en la realización aparecieron aquellas que representaban a las detenidas desaparecidas embarazadas, de perfil y con el vientre abultado y los niños; comenzaron a escribir consignas, reclamos, nombres, apellidos y fechas de desapariciones sobre las siluetas. El objetivo era hacer presente las ausencias y dar visualidad en el espacio público al reclamo de aparición con vida.

Las siluetas se pegaron sobre las paredes a lo largo de la avenida de Mayo, calle por la cual pasaría la marcha. La noche de lluvia borró algunas y rompió otras pero la presencia simbólica y poética de aquellos que ya no estaban enmarcó el reclamo de justicia e interpeló desde los muros de la ciudad a la población entera.

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A mediados de los años noventa se instaló en el escenario social un nuevo actor, eran los hijos de desaparecidos. Más allá de las implicancias políticas que esta nueva figura tendrá en la construcción de la memoria, su presencia vibrará sobre dos espacios. Desde lo público, vinculado al reclamo de justicia y al quehacer político sobre las problemáticas del presente. Y desde lo privado, en la lucha cotidiana por recomponer la identidad y recobrar ese pasado que les es propio. Muchas veces la delimitación de estos dos espacios no será tan clara, o no tendría porque serlo.

Esta fotografía representa sus primeros pasos en la lucha por la verdad, la justicia y la memoria. Son las nuevas generaciones de los hijos y nietos que aún siendo niños sostienen las consignas de la imposibilidad de olvido y reafirmación de la democracia.

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La memoria de la dictadura se ha configurado en cada presente como un territorio donde volver a preguntar (se) quiénes somos y hacia dónde vamos.

Desde 1986 las distintas generaciones que se sucedieron encontraron en “la noche de los lápices” un acontecimiento-emblema donde resignificarse como juventud y enmarcar los agravios vividos en su propio tiempo en relación con los sufridos por aquellos jóvenes que vivieron antes. Fue al mismo tiempo, como conmemoración y acto colectivo, un lugar de iniciación y puesta en juego de su propia subjetividad política.

Las marchas de “la noche de los lápices” para muchos adolescentes fue la primera experiencia de “tomar las calles”, hacer una pancarta, pintar la bandera, escribir un graffiti y también de asumir la compleja tarea de ponerse de acuerdo, en ese documento a leer, en quiénes van primero y quiénes últimos, en fin, de hacer política.

Los reclamos reiterados por la aplicación de justicia a quienes perpetraron los crímenes contra los adolescentes de ayer se mezclaron con la denuncia del no pago de la deuda externa, en los ochenta, con la defensa de la educación pública, en los noventa, contra la criminalización de la protesta en los dos mil y con las demandas por el boleto escolar, siempre. Fueron estos sólo algunos de los múltiples encuentros del pasado y del presente. Diferentes entre sí, mutados en cada contexto, siguen manteniendo esa certeza de que el pasado es un patrimonio común que trasciende a quienes lo vivieron y que se revela en su doble carácter de deber y de derecho a los que vinieron después. En su diacronía, la polisemia del acontecimiento muestra el carácter de “cantera abierta”, de proceso inacabado de ese pasado evocado una y otra vez.

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Organizaciones estudiantiles de distinta naturaleza se reconocen como herederas de luchas por la democratización de la universidad desarrolladas a lo largo de un siglo. Por este camino, jóvenes universitarios trascendieron los límites de la confrontación por la universidad y se comprometieron con luchas sociales y políticas más amplias. Así, lograron romper los moldes constituidos por los mandatos fundacionales de la universidad en la Argentina, que esperaba reproducir el aislamiento elitista del mundo académico. Los jóvenes estudiantes han sido quienes impulsaron más seriamente la solidaridad de la universidad con las luchas sociales. Más aún, superando los fuertes procesos de desmovilización y erosión del compromiso político que caracterizaron la década de 1990, las luchas estudiantiles constituyeron un modelo de organización y movilización de los jóvenes.

Son los jóvenes quienes enfrentaron una y otra vez, a lo largo de su historia, los aspectos más conservadores, reaccionarios y elitistas de la universidad argentina. Al calor de su militancia, las universidades han podido ser usinas del pensamiento transformador y democrático.

Pero las movilizaciones estudiantiles han desbordado el ámbito de la universidad. Han permitido instalar en la escena pública voces que de otro modo habrían permanecido silenciadas. Poniendo el cuerpo, exponiéndose a la represión y la persecución, en etapas en las que amplios sectores de la sociedad permanecieron aletargados y sin capacidad de reacción, fueron los estudiantes quienes mantuvieron en las calles el cuestionamiento al poder.

Clases públicas, marchas, manifestaciones, toma de universidades, trabajo solidario en barrios, posicionamiento frente a los conflictos sindicales y sociales, han sido algunas de las prácticas de lucha que caracterizan a la militancia estudiantil en la actualidad. En ocasiones, plenamente movilizada, por momentos, sostenida por puñados aislados de estudiantes, la presencia en las aulas y en las calles ha sido una alerta permanente sobre los dilemas, las tensiones, las inequidades e injusticias que atraviesan a nuestra sociedad.

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A partir de mediados de la década del 90, los cortes de ruta en demanda de puestos de trabajo se multiplicaron a lo largo y ancho de la Argentina. La modalidad de lucha adquiría entonces el nombre de piquete. Y sus protagonistas, el de piqueteros.

La cuna de los movimientos piqueteros está en ciudades petroleras como Cutral-Co y Plaza Huincul (Neuquén) y Mosconi y Tartagal (Salta). Su origen estuvo ligado, entonces, a la desaparición de un modelo ilustrado por la privatización de una empresa como YPF, que afectó a pueblos enteros, para luego generalizarse a las barriadas desindustrializadas y empobrecidas de los conurbanos del país.

A lo largo de estos años, varias personas fueron asesinadas por fuerzas de seguridad mientras participaban de un piquete: Víctor Choque, Teresa Rodríguez, Aníbal Verón, Maximiliano Kosteki, Darío Santillán, Carlos Fuentealba. Algunas organizaciones sociales tomaron estos nombres para identificarse.

En los años que siguieron, los movimientos sociales y políticos hicieron suyo ese modo de protesta. La modalidad del corte de ruta se fue combinando con tareas menos visibles: la organización barrial, el trabajo comunitario y la resolución de cuestiones urgentes de supervivencia.

El grueso de la base piquetera son mujeres y jóvenes. Jóvenes que nunca tuvieron la experiencia del trabajo, y con escasos vínculos con las instituciones políticas, culturales o educativas. La crisis de 2001 los puso en la escena nacional, en las tapas de los diarios y en las pantallas de televisión.

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La noche del 19 de diciembre de 2001 el presidente Fernando De la Rúa decidía instaurar el estado de sitio para detener lo indetenible: el derrumbe de su gobierno.

En los días previos las calles de las ciudades de todo el país se habían convertido en un escenario en ebullición donde confluyeron tanto las demandas de los ahorristas exaltados ante la retención de sus fondos, el descontento de los sectores populares que se manifestó a través del saqueo a los comercios, como los reclamos de los trabajadores afectados por el recorte de salarios y un repudio generalizado hacia los políticos que se sintetizó en el “que se vayan todos”.

Los jóvenes de la foto eran chicos de no más de diez años cuando asumió la presidencia por primera vez Carlos Saúl Menem. Seguramente no recordaban el proceso de privatizaciones ni cuándo comenzó el acelerado incremento de los índices de pobreza y desocupación que tuvo lugar durante su gobierno. Pero esa herencia pesaba y allí estaban, en la calle, en esos días de furia donde el calor y la represión se aceleraron con crudeza. Las protestas contra el gobierno se habían centralizado en la Plaza de Mayo y la gente, sobre todo los jóvenes, se lanzaron a ponerle el cuerpo. Las fuerzas de seguridad intentaron durante el 19 y 20 de diciembre, desalojar la Plaza y sus inmediaciones. Treinta y nueve personas fueron asesinadas en esos días. Todos ellos eran jóvenes entre 13 y 35 años. Sin haber detenido la represión, el presidente dejó su cargo y abandonó la Casa de Gobierno.

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En nuestro país hay otros países habitados por millones de personas que a través de los medios se ven de maneras distorsionadas. La prensa escrita, la radio, la televisión les dedican horas y más horas sólo para señalarlos como los rostros del error, de la pereza, del desorden, de la ignorancia, del escándalo, del crimen, del peligro. Separan la pobreza de sus causas hasta que parece una elección y no el resultado de una serie de decisiones políticas: desindustrialización, extranjerización y concentración de la economía, pérdida de puestos de trabajo y derechos laborales, precarización de las modalidades de empleo y de las condiciones de trabajo, retirada del Estado de campos como la salud, la educación y el planeamiento estratégico.

Durante el año 2009 volvió a instalarse fuertemente en la opinión pública el debate sobre la baja en la edad de imputabilidad para los menores que delinquen. Desde los sectores políticos se desempolvaron viejos proyectos que posiblemente lo concreten, creyendo encontrar en esto la solución mágica a los problemas de inseguridad. Se equipara pobreza y juventud con delincuencia e inseguridad como si se tratara de una vinculación inevitable. Sin embargo, de los 400.000 menores de 21 años que según el ministro de Desarrollo Social de la provincia ni estudian ni trabajan, sólo un número muy reducido delinque.

¿Dónde viven esos 400.000 jóvenes? ¿Cómo viven? ¿Qué desean, qué sueñan? Las respuestas a esas preguntas dibujan un mapa de inseguridades: las que surgen de la desigualdad. La inseguridad no se limita a la posibilidad real de ser víctimas de delitos. También la precariedad del presente y la falta de una perspectiva de futuro son inseguridades. En un país desigual no hay seguridad para nadie.

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Junio de 2010. Una sola bandera envuelve a un grupo de activistas jóvenes reunidos en Plaza Congreso. Es una sola bandera y tiene siete colores. Una pantalla gigante con altavoces transmite  la sesión de la Cámara de Diputados que se decidirá la aprobación o no de la ley de matrimonio igualitario. El resultado será una incógnita hasta pasada la medianoche. Y finalmente entre lágrimas y abrazos se consuma el hecho histórico. La Argentina se convirtió en el primer país de América Latina en reconocer el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo a nivel nacional.

Hubo quienes militaron toda su vida para esto. Quienes lo hicieron a pesar de la persecución, la estigmatización, la discriminación, la tortura y el asesinato, haciendo del orgullo una política con la que llegaron, incluso, a desafiar a la última dictadura.

En 2010, cuando se aprobó la Ley, esa tradición de lucha, orgullo y resistencia que en varios momentos históricos había convocado a diferentes jóvenes, tenía otro consenso, otro arraigo. En el seno de la nuevas generaciones esa bandera única de tantos colores era ya un rasgo identitario que significaba mucho más que una ley, era el símbolo de una sociedad más justa.

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13 de junio de 2018. En el Congreso de la Nación, la Cámara de Diputados debatía el proyecto de ley sobre legalización de la interrupción voluntaria del embarazo. En la calle, en distintos puntos del país, multitudes se concentraban para expresar su apoyo.

La lucha por la legalización del aborto no era una novedad, pero sí la masividad que adquirió. En ella confluyó una diversidad de identidades, de trayectorias y de formas de organización. Las nuevas generaciones se apropiaron de esta causa. La hicieron suya y a su manera. 

La disputa por los sentidos sobre los géneros lo impregna todo. Y los cuerpos de las mujeres, que siempre han sido territorio de batalla, se convirtieron en espacios donde decir y mostrar. La ropa y la desnudez, los peinados, los colores y los brillos, no son nimiedades. Cada cosa grita que hay una esperanza, que es histórica y se renueva: una sociedad donde las mujeres no sean víctimas. Es que la lucha por el derecho al aborto se inscribe en una lucha mayor, contra un sistema patriarcal que oprime, que niega, que mata.

La legalización de la interrupción voluntaria del embarazo aún es una deuda. Pero la experiencia de la movilización que se generó, una conquista.

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San Miguel del Monte, 20 de mayo de 2019. Dos patrulleros de la policía bonaerense persiguen a un Fiat 147 blanco. Disparan contra el automóvil en el que viajan Gonzalo Domínguez (14), Rocío Guagliarello (13), Camila López (13) y Danilo Sansone (13) y Aníbal Suárez (22). Como resultado de esta persecución, el auto choca contra el acoplado de un camión. Sólo Rocío sobrevive.

Las primeras versiones oficiales intentan desresponsabilizar a los efectivos de la fuerza policial. Pero las vecinas y vecinos se movilizan. Dan su testimonio, aportan pruebas, acompañan a las familias. No hay dudas: fue una masacre, a les pibes les mató la policía.

Lamentablemente la masacre de Monte no fue un hecho único o aislado, fue el emergente más atroz y doloroso de una práctica sistemática y que se extiende cada vez más en los territorios bonaerenses.

Les jóvenes, sobre todo varones y pobres, son el blanco principal de las prácticas violentas e ilegales que forman parte de un accionar sistemático de las fuerzas de seguridad. Durante 2019, la Comisión por la Memoria relevó 134 muertes producidas por uso letal de la fuerza policial. El 70% tenía menos de 25 años.

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Julio de 2019. El invierno argentino está en su peor momento. Las temperaturas llegan a niveles bajo cero en varias localidades de la provincia de Buenos Aires. En muchas escuelas secundarias la situación se vuelve insoportable: falta de gas, ventanas sin vidrios, calefactores destrozados. ¿Quién puede estudiar así? No fue una situación excepcional ni aislada. Es el resultado de décadas de desinversión a la educación pública. Por eso, poco a poco, les jóvenes se van conectando, comparten su diagnóstico y unifican el reclamo. Así nació el “frazadazo”. Una protesta original de estudiantes secundarios que se reúnen en las puertas de los colegios envueltos en frazadas para hacer visible la vulneración de un derecho fundamental.

El frazadazo de 2019 se inscribe en una larga tradición de organización y reclamo por parte de  estudiantes en la provincia frente al abandono del Estado. En 2018, este abandono mostró su cara más cruel: Sandra Calamano y Rubén Rodríguez murieron víctimas de la explosión de una garrafa en la escuela 49 de Moreno. No fue un accidente, el estado es responsable.

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José C. Paz, 2020. A la mirada opulenta y estigmatizadora de los medios de comunicación, les jóvenes oponen una realidad más contundente que el relato: compromiso, organización y acción para transformar. En 2013 un grupo de jóvenes del barrio Providencia empezaron a trabajar para cambiar el ambiente en el que vivían. No querían seguir viviendo cerca de un basural enorme. Entonces, armaron un proyecto y se inscribieron para participar del programa Jóvenes y Memoria. Ese año descubrieron que unos años antes, en ese mismo predio, había funcionado una fábrica. Lo que ayer dio trabajo ahora era fuente de contaminación. ¿Por qué? Las preguntas se multiplicaron; también las ganas de saber más y querer cambiar esa realidad. Nació entonces una idea que rápidamente se convirtió en consigna: “Sí a la plaza no al basural”. Y luego la consigna fue un plan de acción: una investigación profunda, festivales comunitarios, gestiones ante el municipio. Hoy, siete años después, la plaza está a punto de hacerse realidad. Fueron les pibes del barrio Providencia, reunidos en una murga que canta sus verdades, quienes lograron transformar y transformarse. Y mientras tanto, los medios de comunicación, siguen mirando para otro lado.