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y la defensa de los derechos humanos

LA CASA

La DIPPBA se creó en el año 1956 y diez años después el gobierno de la provincia de Buenos Aires adquirió el edificio donde funcionó hasta su disolución, en 1998. A partir de su creación esta institución funcionó con delegaciones en todo el territorio provincial, desde las que se enviaba información a la central ubicada en La Plata. Después se procesaban los datos recibidos, se los clasificaba y, en la mayoría de los casos, se guardaban en un gran archivo. Este órgano tenía como objetivo principal informar a la Jefatura de Policía y al gobierno provincial sobre hechos considerados delictivos cometidos —o por cometerse— en el territoriobonaerense. Si bien desde su creación tuvo una constante tarea vinculada a la producción de información -como también a la acción de inteligencia- durante la dictadura y bajo la conducción de Ramón Camps en la Policía, la DIPPBA se convirtió en un dispositivo importante del terrorismo de Estado en la provincia de Buenos Aires.

“A la calle la vallaron, estaba vallada, durante el día no, pero cuando oscurecía si… no podías entrar por 54, tenías que entrar contramano por 4 con las luces de afuera apagadas y las luces internas encendidas (…)”

La casa de 54

 

La casa: crónica y testimonios

La casa donde funcionó la DIPPBA tuvo varias modificaciones edilicias; una de las más visibles fue en el año 1976, cuando se construyó una garita de vigilancia que avanzaba sobre la línea municipal. Debido a que ocupaba parte de la vereda, interrumpía el paso de los peatones y subrayaba la presencia del edificio. No era una casa más porque desde allí se realizaba una permanente guardia sobre la cuadra, se registraba minuciosamente quién entraba, quién salía, quién merodeaba la zona. La presencia policial era marcada más allá del interior.

En 1976, algunos testimonios sostienen que en el ingreso a la casa había una especie de trinchera armada con bolsas de arena apiladas, una casamata con una ametralladora apuntando hacia la puerta y un guardia custodiando. Allí, en la misma planta, estaba también el archivo, detrás de una puerta que decía “acceso restringido”. En el primer piso había 25 gabinetes de madera dispuestos en forma de herradura, donde se realizaba el trabajo final de confección de las fichas y legajos. En el segundo piso se hacía la primera clasificación del material que llegaba desde las delegaciones, así como el recorte de diarios nacionales y regionales.

“Uno acostumbraba a mirar desde atrás de las ventanas, uno no podía evitar ver qué estaba pasado ahí, o sea, estábamos todos inseguros, toda la ciudad estaba insegura”. 

Hasta el momento no hay testimonios de personas que den cuenta de que la casa hubiera funcionado como lugar de detención. Sin embargo, muchos vecinos del barrio relataron el temor que generaba el lugar durante la dictadura, y coinciden en señalar algunas de las prácticas habituales de la época: el vallado de la calle en 5 y 54 que impedía la circulación vehicular a la noche, la obligación de entrar en contramano por calle 4 con las luces de afuera apagadas y las interiores encendidas, la permanencia de gente de civil que portaba armas de diverso calibre en las proximidades de la casa y el continuo movimiento de autos en la zona.

Sí salían, salían casi todos los días y además salían con armas pesadísimas, salían como que estaban preparados para… y escuché a uno decir una vez “a mi juego me llamaron”. O sea, que su preparación era matar porque decir “a mi juego me llamaron” era directamente aceptar que estaban para eso, perseguir, asesinar.

“Sabían todos nuestros movimientos y todo lo que pasaba”, recuerda una vecina que vivió en su adolescencia en el barrio. “Cualquier movimiento era sospechoso”; de esto da cuenta el relato de un arquitecto que, por sacar fotos a un edificio de la cuadra, fue demorado varias horas en la Dirección de Inteligencia mientras allanaban su casa. Otra vecina recuerda un día en el que hicieron desalojar un edificio lindante porque se había encontrado un bulto sospechoso en la camioneta de su padre, e intervino la brigada antiexplosivos. Los recuerdos circulan y el horror de la época está presente en el relato de los vecinos; algunos incluso sostienen haber escuchado ruidos muy fuertes, tiros y gritos que provenían de la casa. Más allá de la prueba concreta sobre lo dicho, lo cierto es que el edificio está cargado de sentidos y sentimientos que hacen una permanente referencia al terrorismo de Estado vivido en la Argentina.

Cuando la CPM tomó posesión de la casa, comenzó a construir una nueva historia. Ese edificio se convirtió en un lugar para reflexionar sobre el pasado desde los problemas del presente. Las actividades que allí se desarrollan están orientadas a activar la memoria y a transmitir las experiencias de la dictadura a las nuevas generaciones: para pensar las memorias en presente, para construir una memoria en defensa de los derechos humanos.

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